Spain in the News

From El Pais: August 31, 2006
By Xosé Manuel Pereiro

Original Spanish Text
"El Vinicultor Minimalista"

"The Minimal Winemaker"

Possibly the most famous Galician winemaker, because of his personality and that of his wine, that is named after him. Emilio Rojo (the winemaker) is an engineer who left his job in a multinational company for the slow viticultural rhythm of the vines. The other Emilio Rojo (the wine) is a white Ribeiro that is as exclusive as it is mythical, in the strictest sense: it exists yet few have tried it.

“It’s a wine that is complex and delicate that one can find in the best restaurants in Spain, including the three star Michelin restaurants such as El Bulli, Arzak and Can Fabes”, describes Bruce Shoenfeld in the Wine Spectator (November 2004). The critic of the Gourmet bible of the US couldn’t resist describing the producer, who is not “the typical image of the winemaker as rural aristocrat rooted in his place or the capitalist entrepreneur from the food industry”. The curious Emilio Rojo with his large, bushy mustache and a black baseball cap is instantly recognizable in wine circles, appearing in magazine articles and attending conferences.

Today, Emilio Rojo Bangueses (Arnoia, Ourense, 1952) continues wearing the mustache and the same baseball cap (or another identical one) but he probably didn’t wear it to a recent dinner in Ourense with captains of industry and the king of Spain (“I think I went as the representative of poor guy”).

Poor or at least humble; his family were mill (grain) workers and winegrowers along the banks of the Avia River. Thanks to grants, his study took the path of engineering (not agronomy or forest service, but telecommunications). He abandoned engineering and a 600,000-peseta salary, to return to Ribeiro. “My father, who like any other poor vineyard farmer, couldn’t understand.”

He worked two small vineyards, that his wife Julia inherited, and in 1987 released his first vintage. Emilio Rojo bottled five thousand bottles. “When it was ordered for the first time in a restaurant I called back enthusiastically to the house. They reminded me that we had 5000 minus 1 left to sell.” That year, and the following five, it was named the best Ribeiro in the Salon de Vinos de Galicia.

Now he sells everything he bottles, and the wines are allocated. Of the 780 cases he produces (12 bottles each), the US receives 50 cases (where each bottle fetches upwards of 150 dollars), the same for Germany (100 euros a bottle). He feels slightly uncomfortable with his success, and then a phone call on his cell saves him. “Excuse me…Hey André, did you get the wine?…”

The arrival of Success

André is André Tamers, a Franco-American who started De Maison Selections 10 years ago, a company based in North Carolina dedicated to importing high quality wines from Spain and France. “The truth is that in 2000 I jumped to a different level because I had the luck to meet André, he was the one who introduced me to the international markets.”

In this situation it would be expected for him to increase production, either by increasing the one and a half hectares of vineyards or by buying grapes. None of this occurred. “Not just any grape would be worthy. Our terraces are unique on the Avia River since they face north and not south and the maturation process is much slower. In addition, we are not talking of increasing production but lowering it. We want to leave a maximum of four kilos per plant: six or seven clusters, of the 40 they can produce, so that the wine is the most expressive.”

In addition to exercising this Malthusian control, Julia and Emilio take charge of the majority of the work, including the bottling and labeling (by hand). Do they feel any remorse for the decision they took about twenty or so years ago? No, who could predict, “Although I am very manic and sometimes stressed. We wait nine months like fathers, scared to death of the weather. This, for example, is a time for a lot of work, but in the mornings I can take a bath in the river.” And afterwards? “In September, it’s the moment of truth, my father will say, like always, that this year is not worth anything. Afterwards, we’ll spend almost all of October sleeping at the winery, controlling the fermentation tanks,” says Rojo, ruining any remaining idea of him as the corporate producer.

“Wine does not need to be made, one needs to just let the grapes ferment. I am a small landholder, I can make wine in a garage or in a van, but it has to be good. If not nobody would pay 20 euros a bottle”.

Translation by André Tamers.

"El Vinicultor Minimalista"

Posiblemente sea el más famoso de los bodegueros gallegos. Por su personalidad y por la de su vino, que se llama como él. Emilio Rojo (el vinicultor) es un ingeniero que abandonó su carrera en una multinacional tecnológica por los lentos ciclos naturales de las viñas. El otro Emilio Rojo (el vino) es un ribeiro blanco tan exclusivo que roza lo mítico, en sentido estricto: se da por hecho que existe, aunque muy pocos lo han probado.

"Es un vino complejo y delicado que se puede encontrar en las cartas de algunos de los mejores restaurantes de España, incluyendo los tres estrellas de Michelin, El Bulli, Arzak y Can Fabes", describía Bruce Schoenfeld en Wine Spectator (noviembre de 2004). El crítico de la biblia gourmet de EE UU no se resistía a describir también al productor, alejado de la habitual imagen del cosechero entre la aristocracia rural de raigambre y el dinámico empresario del sector de las delicatessen: "El peculiar Emilio Rojo con su bigote erizado y una gorra de béisbol negra, es reconocido al instante en los círculos de vino, aparece en magazines y acude a simposios".

Hoy, Emilio Rojo Bangueses (Arnoia, Ourense, 1952) sigue gastando mostacho y la misma gorra (u otra igual), aunque probablemente no la haya llevado a una reciente cena en Ourense de personalidades empresariales con el Rey ("creo que fui en calidad de pobre").

Pobre, o al menos humilde, lo era su familia, molineros y viticultores de las riberas del Avia. Gracias a las becas, estudió y se encarriló hacia la ingeniería (nada de agrónomos o forestales: telecomunicaciones). Renunció a la ingeniería, y a un sueldo mensual de 600.000 pesetas, para volver al ribeiro. "Mi padre, como cualquier otro agricultor que había dejado su vida en las viñas sin salir de pobre, obviamente no lo entendía".

Trabajó dos pequeñas viñas que heredó su mujer, Julia, y en 1987 sacó al mercado su primera cosecha. Emilio Rojo embotelló 5.000 unidades. "En cuanto me cogieron la primera en un restaurante, llamé entusiasmado a casa. Me recordaron que quedaban por vender 5.000 menos una". Ese año y los cinco siguientes, obtuvo el premio al mejor ribeiro en el Salón de Vinos de Galicia.

Ahora vende todo lo que embotella, y hay cupos. De las 780 cajas (de 12 botellas) que produjo este año, a EE UU (donde cada botella cuesta 150 dólares) le corresponden 50 cajas, las mismas que a Alemania (100 euros botella). Se siente un tanto incómodo describiendo los hitos de su negocio, y lo salva una llamada al móvil. "Perdón... ¡Hola, André! ¿qué tal llegó el vino?...".

La llegada del éxito

André es André Tamers, un franconorteamericano que creó hace 10 años De Maison Selections, una empresa con sede en Carolina del Norte dedicada a la importación de vinos españoles y franceses de alta calidad. "La verdad es que en 2000 di un salto porque tuve la suerte de conocer a André", retoma el hilo Rojo. "Él fue el que me introdujo en los mercados internacionales".

En esta situación, sería interesante aumentar la producción, ampliando la hectárea y media de viñedos con las que empezó y todavía sigue, o comprando uva. "No valdría cualquier uva. Nuestros bancales son los únicos del Avia orientados al naciente, no al poniente, y la maduración es más lenta. Y además, no se trata de aumentar, sino de disminuir. Dejar como máximo cuatro kilos por cepa, seis o siete racimos de los 40 que pueden llegar a tener, para que el vino sea más expresivo".

Además de ejercer ese control maltusiano de la uva, Julia y Emilio se encargan de la mayoría de las labores, incluidas las de embotellar y etiquetar (a mano). ¿Se arrepiente de aquella decisión que tomó hace veinte y pico años? No, como era de prever, "aunque yo soy muy ciclotímico, y a veces también tengo estrés. Nos pasamos nueve meses esperando, como unos padres, y acongojados por la meteorología. Ésta, por ejemplo, es una época de mucho trabajo, pero por las mañanas puedo darme un baño en el río". ¿Y después? "En septiembre, en el momento de la verdad, mi padre dirá como siempre que este año las uvas no valen nada. Después, dormimos casi todo octubre en el pajar, controlando las cubas", desgrana Rojo, arruinando lo que podría quedar de su imagen de empresario de la vitivinicultura.

"Al vino no hay que hacerle nada, es fermentar unas buenas uvas. Yo soy un minifundista, puedo hacer el vino en un garaje o en una furgoneta, pero tiene que ser muy bueno. Si no, nadie pagaría 20 euros por una botella".